Capítulo 1
La Espera
Acababa de pasar la medianoche. El tic-tac de un antiguo reloj de pared era el único sonido que interrumpía la calma nocturna en la planta baja del hospital. El pasillo se encontraba desierto y una ligera lluvia golpeaba las grandes ventanas que daban al patio principal.
De repente, un grito estridente proveniente del consultorio médico ubicado a lo largo del pasillo rompió el silencio. Solo se escuchaban llantos y palabras incomprensibles mezcladas con la palabra madre.
Era una voz femenina. Hubo un breve silencio y, acto seguido, el grito resonó aún con mayor intensidad. En esta ocasión, recibió como respuesta un lamento cargado de angustia. Transcurrieron algunos momentos antes de que la puerta del consultorio se abriera. Durante ese intervalo, los gemidos se transformaron en sollozos. Un hombre y dos mujeres salieron de la habitación acompañados por tres médicos, quienes intentaban consolarlos.
—Lo sentimos mucho —dijo uno de ellos.
El hombre y la mujer más joven sostenían a una señora fuera de sí, que miraba hacia abajo y repetía constantemente las mismas palabras:
—No puede ser... ¿por qué, Dios? ¿Por qué?
Aun así, avanzaban lentamente. Al llegar al final del pasillo, se dirigieron hacia una puerta metálica situada junto a las escaleras que conducían a los pisos superiores.
A pocos metros, cuatro personas sentadas en el interior de la sala de espera habían presenciado la escena; eran Lisa con su hijo Olmo y, frente a ellos, una mujer llamada Diana acompañada por su hija Lara.
Ninguno pronunció palabra alguna.
Lara se levantó.
—Voy a enjuagarme la cara —dijo a su madre.
—Dios mío, ¡qué noche! —exclamó Lisa.
Lisa era una mujer de aproximadamente sesenta años, alta y con ojos verdes. Los reflejos grises plateados en su pelo recogido hacia atrás le conferían un aspecto austero e interesante.
Se levantó lentamente. Caminaba impaciente de un lado a otro. Durante unos instantes, se fijó en la preocupación reflejada en el rostro de su hijo y, para consolarlo, le dirigió una sonrisa. Olmo asintió. Cada vez caminaba con mayor lentitud, como si el aire de la habitación se estuviera agotando poco a poco.
A pesar de sus esfuerzos por distraerse, la mujer no podía evitar pensar en la muerte.
Era un pensamiento involuntario que, si se analiza detenidamente, formaba parte de la lógica del momento: un hospital y la trágica escena que acababan de presenciar, la cual presagiaba algo oscuro. Además del hecho de que pronto tendría que someterse a una operación importante y delicada.
En el ambiente persistía una pregunta que intrigaba especialmente a los presentes: ¿qué había provocado un dolor tan profundo como para desencadenar aquel desconsuelo? Lisa se volvió hacia su hijo y reflexionó con tristeza:
—Pobre gente...
Su hijo la abrazó con afecto y dirigió su mirada a Diana. La mujer sonrió con amargura antes de comentar:
—Probablemente se trate de una tragedia familiar. ¡Dios mío! No se comprende verdaderamente la realidad hasta que uno se enfrenta a ciertas situaciones. Entonces uno percibe muchas cosas, aprende a ser más sensible y quizá un poco más sabio.
Pasaron algunos minutos hasta que Lara regresó a la sala de espera. Tenía la mirada preocupada y mostraba en el rostro una marcada sensación de inquietud.
Al ver a su hija, Diana interrumpió su silencio.
—¿Estás bien?
La joven vacilaba.
—Pues... no sé qué decirte. Tengo que contarte algo muy fuerte... verás, es que...
El llanto de alguien más interrumpió sus palabras.
Todos giraron la vista hacia el pasillo. Una mujer embarazada avanzaba con pasos nerviosos, sollozando, mientras se cubría la cara con ambas manos.
—No es verdad —repetía una y otra vez, negando con la cabeza—. No es verdad.
Dos enfermeras la rodearon con la intención de calmarla. El dolor parecía desbordarla. Después de unos minutos, consiguieron sentarla en una silla al final del pasillo.
Finalmente, Diana volvió la mirada hacia su hija:
—¿Entonces? ¿Qué pasa, Lara? ¿Qué querías decirme?
—¿Estás preparada? —la avisó su hija.
—¡Vamos! ¿Qué esperas?
—Bueno, me enteré de algo cuando estaba allí...
Lisa y Diana observaron atentamente a Lara con aire interrogante. La joven finalmente accedió a contar lo ocurrido.
—Escuché a dos enfermeras mientras estaba en el baño. Hablaban de un joven... un accidente de coche —dijo Lara casi susurrando—; la mujer desesperada que veis afuera era su esposa.
Diana colocó la mano sobre su boca.
—¡Oh, Dios mío!
—¿La mujer embarazada era la esposa del joven fallecido? —repitió Lisa.
—Sí, pero hay más —continuó Lara.
—¡Uf! —intervino Olmo—. ¿Vas a añadir algo más a semejante tragedia?
—Vas a quedarte boquiabierta —contestó ella—. Escuché que él no viajaba solo en el coche.
—¡Oh, no! —exclamó Lisa con desagrado—. ¿Había alguien más con él?
—Una chica, según dicen —Lara otra vez susurró—. Una chica joven.
—¿Una chica? —repitió Olmo.
Diana se levantó también. Caminaba por la habitación mientras Lisa se mordía las uñas con nerviosismo.
—Sí, una chica —confirmó Lara—. Está en coma.
Silencio.
Un trágico accidente automovilístico que deja un fallecido, una joven en coma y a una viuda embarazada.
—Y luego... —continuó Lara.
—¿Y luego qué? —preguntó Diana en voz baja, como si temiera la respuesta de su hija.
—Parece que la joven también estaba embarazada.
El rostro de Lisa, Diana y Olmo se tornó sombrío. Una triste intuición comenzó a abrirse paso desde el fondo de sus pensamientos.
—No puede ser —exclamó Olmo—. ¿Ustedes piensan lo mismo que yo?
Ninguna de las tres mujeres respondió. Guardaron cierta reserva, aunque todos compartían la misma idea: el panorama era claro; la joven que ahora se encontraba en coma era la amante del joven fallecido.
Lara fue la primera en apartar los ojos del pasillo. Quizás porque sabía, mejor que nadie en aquella sala, lo que era esperar. Quizás porque había aprendido, durante el último año y medio, que las tragedias ajenas, en cierta forma, eran un espejo en el que era fácil verse. Sin proponérselo, su mirada se cruzó con la de Olmo.
Él la observaba en silencio. No había en sus ojos curiosidad, ni la lástima discreta que Lara había aprendido a reconocer en el rostro de los demás. Y durante unos instantes, una idea loca sobrevoló su cabeza. Tuvo la sensación de que aquel chico la conocía profundamente. Casi mejor que ella misma. Apartó la vista, y al hacerlo notó que las manos le temblaban ligeramente. En el pasillo, la mujer embarazada seguía llorando. Y, sin saber por qué, Lara tuvo la certeza —irracional, absoluta, terrible— de que aquella noche no iba a terminar como ninguno de los presentes esperaba.
¿Quieres saber qué pasa después?
Lara, Olmo y Lisa están a punto de descubrir una verdad que cambiará todo. Una historia de amor, secretos y segundas oportunidades que no podrás soltar.
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Lo que dicen las lectoras
“No es la típica novela romántica. Me atrapó desde el principio.”
“Me removió por dentro. Hacía tiempo que un libro no me tocaba así.”
“No pude soltarlo. Empecé por curiosidad y terminé leyéndolo del tirón.”
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Continúa leyendo a partir del capítulo 2.
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